Visibilizar: Estado y ciudadanía

Publicado en Dcimarrón N°8

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Evelyne Laurent-Perrault (Venezuela).

Evelyne Laurent PerraultEn principio la conceptualización filosófica e ideológica del Estado incluye el concepto de la ciudadanía. Dentro de este marco, el Estado tiene la obligación de proveer y hacer accesible los recursos que satisfagan las necesidades básicas de todos sus ciudadanos a las cuales todos tienen derecho. Las demandas por el reconocimiento de los derechos humanos han ido incorporando el concepto de equidad como la vía hacia la inclusión de todos. Un buen sistema educativo, una vivienda digna, salud, justicia, así como el derecho de mantener las culturas, entre otros, representan algunos derechos de los ciudadanos. Por su parte los ciudadanos a cambio se comprometen con el Estado, a través de sus responsabilidades, de velar por dicha ciudadanía. Un ejemplo lo constituye la expectativa de que el ciudadano mantendrá una conducta correcta y adecuada, fuera de la ilegalidad y la criminalidad. De lo contrario tendrá que enfrentar a la justicia.

¿Cómo se asegura el Estado de que sus proyectos incluyen a todos sus habitantes y que todos tienen acceso a la ciudadanía? Una de las herramientas básicas constituye el censo nacional. El censo en principio establece las condiciones de las comunidades, los servicios que obtienen y la infraestructura necesaria para que puedan no solo tener acceso a sus derechos, sino que también puedan ejercer su responsabilidad ciudadana de la manera más práctica y eficaz. Si bien es cierto que la sola cuantificación debería bastar para establecer una repartición equitativa de los recursos del Estado, los procesos históricos y sus dinámicas de poder han mostrado la necesidad de considerar las aristas y los ejes que han contextualizado la exclusión.

En el caso particular de las comunidades afrodescendientes es importante señalar que, si bien es cierto que algunos de los primeros africanos llegaron al continente americano por su voluntad, acompañando a los primeros conquistadores, el 99 % de los restantes llegaron encadenados, violados, humillados y cargando las cicatrices del carimbo. Todos estos procesos que buscaban convertirlos en mercancías sumisas. Cabe señalar cómo el proyecto colonial decidió establecer una república de españoles y otra república de indios, pero nunca consideró la posibilidad de establecer una república de africanos. Por el contrario, las normativas ibérica-coloniales establecieron que los africanos estaban destinados a permanecer dependientes de sus señores y dueños, inclusive si lograban los papeles de libertad. Obviamente, esto solo cabía en la estrecha imaginación del español perezoso, para quien el trabajo manual era considerado una deshonra.

El proceso colonial se inventó un lenguaje que le permitiera creer en la tal dependencia y así perpetuar tal dinámica de poder. La historia ha revelado que lejos de tal fantasía, tanto los africanos como sus descendientes nunca dejaron de negociar, resistir y escapar de las condiciones de esclavitud y discriminación colonial. Las autoridades en general no estaban capacitadas para entender la trascendencia ideológica que planteaban estos actores sociales y con frecuencia los ignoraron u obviaron. Estas percepciones no desaparecieron con la independencia. Cuando San Martín y Bolívar proclamaron la supuesta ciudadanía de los “indios”, borraron la presencia de las poblaciones negras/afrodescendientes tanto en el Perú, como en el resto de América Latina. Peor aún, ignoraron las demandas legales de libertad y derechos de sus propios africanos y sus descendientes, relegando y representando a dichos grupos como seguidores de los héroes y no como cocreadores de las ideas de libertad, derechos y ciudadanía.

Entonces, la abolición de la esclavitud representaba para muchos la pérdida del control sobre estos grupos considerados como ignorantes, e ineptos, a pesar de que estos habían trabajado en la región por más de trescientos años, dando suficientes pruebas de su capacidad de trabajo, y de su visón política e intelectual. Y es así como las autoridades durante una gran parte del siglo XIX soñaron y deliberaron entre los anhelos blanqueadores que traería la inmigración europea, el mestizaje, que conllevaría a la desaparición de África en la región, mientras trataba de disuadir y manipular las incesantes negociaciones de las y los esclavizados quienes no cesaron de alcanzar no solo su libertad, sino también el reconocimiento de su dignidad. Las autoridades todavía incapaces de entender las propuestas políticas de “los negros” cedieron, a duras penas, ante las demandas libertarias que para la mitad siglo XIX ya habían exacerbado el costo de la esclavitud (con excepción de Cuba, Puerto Rico y Brasil).

Había que callar más aún dicho logro y mantener la falacia de que un benévolo presidente les había otorgado la libertad, sin reconocer que ellos habían sido los que la habían forjado. El poder mantuvo el lenguaje de la discapacidad inherente del “pobre negro”, en vías de extinción y ausentes de las narrativas que celebrarían la nación, la patria. El carimbo del mestizaje marcó los currículums de estudios y con ello matizaron la exclusión y hasta el momento se sigue enseñando en la escuela, como mecanismo de desarticulación de las demandas políticas afrodescendientes. Pretendieron que creyéramos que solo el sur de los Estados Unidos o el de Sudáfrica representaban exclusión. Entendemos que la exclusión es compleja y no necesita de manifestaciones abiertas de odio. Si bien es cierto que la exclusión y sobre todo la pobreza del continente la experimentan mujeres, hombres y niños de todas las etnicidades, sabemos que estas pandemias sociales prevalecen en las comunidades negras/afrodescendientes.

El reto mayor del siglo XXI representa establecer políticas equitativas que conduzcan a sociedades saludables. Para ello, se hace imperativo reconocer cuantitativamente y cualitativamente a los grupos históricamente excluidos. Es imperativo que los censos nacionales en Latinoamérica sigan incluyendo categorías étnico-raciales, geográficas, laborales, etc, que permitan desenmarañar la cartografía racializadora de la exclusión y visibilicen a las comunidades afrodescendientes. Ojo, pero este proceso solo representa un primer paso hacia una ciudadanía inclusiva de la afrodescendencia. Los resultados de dichos censos, generarán los indicadores necesarios para la planificación adecuada, pero sobre todo se espera que dichos resultados faciliten una conversación abierta y sin miedos, que permita desarticular las secuelas de los procesos históricos excluyentes que siguen negando la ciudadanía de los y las afrodescendientes.

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