Viernes, 23 Octubre 2020

logo para cedet                                     Año 2020. Edición N° 10

TEMA: Deudas de igualdad y el impacto en mujeres afrodescendientes

POLÍTICA

  • Se busca igualdad, respeto y humanidad para todas las mujeres negras en América Latina “Quiero hablar sobre la máscara del silenciamiento” 

    Se busca igualdad, respeto y humanidad para todas las mujeres negras en América Latina “Quiero hablar sobre la máscara del silenciamiento” 

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    Racismo, pandemia y la vida de las mujeres negras en Brasil

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Entre el virus y el Bicentenario, una política social pensada para todos y todas

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Walter P. Twanama (Perú).

waletrEstos días de pandemia y de consiguiente cuarentena son también días de muchísimos debates, y, algo más interesante, el rango de temas que estos debates tocan es mucho más amplio que el habitual. Este tiempo extra para reflexionar que parece que se nos hubiera otorgado, se suma a la dificultad del trance que estamos pasando, para abrir nuestras mentes y ofrecernos campos de exploración de nuevas ideas. Así, la salud en primer lugar, pero luego las políticas públicas, el sistema socioeconómico imperante, nuestra relación con el propio planeta e incluso el sentido de la vida, son debatidos en el espacio más que nunca privilegiado de las redes sociales que, a falta de foros públicos en el viejo sentido, son el espacio público de nuestro tiempo.

Entre esas discusiones me ha llamado fuertemente la atención que en algunas de ellas haya surgido una especie de oposición entre priorizar la salud o la economía. Habría que optar por una o por otra. De más está decir que no podemos postergar el tema de la salud ni de la vida en general. Así, y por eso mismo, se ha tomado un conjunto de medidas que tienen a la cuarentena, la restricción legal de la salida a las calles, como herramienta central. Obviamente esto debe manejarse con mucho cuidado, hay que seguir atentamente los indicadores de marcha de la enfermedad que estamos combatiendo, para que las medidas sean calibradas con el cuidado que se requiere, de modo que se ajusten a las tareas de control de la enfermedad.

Pero, realmente es artificial oponer economía a vida; tal vez si cada persona fuera una isla en todo sentido, incluso en el productivo, todos los humanos convertidos en unos Robinson Crusoes, podría pensarse en separar ambas dimensiones, pero eso es solo un ejercicio de imaginación, no puede ocurrir en el mundo real, todos formamos cadenas con otros seres humanos y de eso depende nuestra subsistencia y nuestra calidad de vida. Sin lugar a duda, no hay manera de dejar de lado el polo económico de nuestra actual situación social. Quisiera, por este motivo, antes de hacer alguna propuesta todavía en borrador, poner algunos ejemplos de cómo las variables económicas han afectado nuestra escena nacional. 

Para empezar, se dice que este año disminuirá el producto bruto interno (PBI). ¿Qué significa esto? Significa que este año produciremos menos riqueza que en los años anteriores. Sobre esto, pocas veces en la historia del Perú nuestro país ha decrecido en términos económicos; las excepciones traen a la memoria colectiva eventos trágicos del acontecer nacional: la Guerra del Pacífico, la Gran Depresión del año 1929, que afectó a todo el orbe, el Niño de 1983 y la hiperinflación del primer gobierno de Alan García. Hemos soportado muchas otras desgracias: devaluaciones, inflación crónica, un terrorismo realmente salvaje comparado con los sufridos por otros países, terremotos, huaycos e inundaciones, modelos económicos de todo tipo, corrupción histórica y en masa, y sin embargo el Perú se mantuvo creciendo. Este decrecimiento es una excepción; la para en nuestra economía de al menos dos meses (porque en algunos rubros podría llegar a seis) traerá como consecuencia que este año no tengamos crecimiento, sino que, al contrario, nuestra economía tenga cifras menores, literalmente se achique. Esto no es una abstracción, ya en estos días estamos viendo que nuestra nueva dinámica afecta y afectará por un tiempo las condiciones de vida de la gente, y le tocará la peor parte a las personas que tradicionalmente han visto limitados sus derechos en el país: los pobres sin duda, pero también habitantes de zonas rurales, mujeres, niños, personas de edad avanzada, todo el espectro de la diversidad sexual, y por supuesto, los pueblos originarios y los pueblos afroperuanos.

Así, este virus que efectivamente ha desatado un efecto mundial, se constituye ya, incluso antes de tener claro el panorama de los estragos, en un hito en la historia de nuestro país. No solo trae la muerte hoy (aunque, sin duda la proporción de fallecidos es relativamente pequeña respecto al número de infectados) sino que nos obliga a prever un largo periodo, al menos unos años de trabajo, de carencias y de reconstrucción nacional.

Probablemente la discusión que mencionaba al principio (salud o economía) se relaciona muy fuertemente a qué pensamos cuando hablamos de economía; en algunos casos, probablemente algunos empresarios y economistas piensen en una caída de las utilidades y ganancias, propias como ajenas, grandes números, pero hay otra perspectiva para mirar este proceso, mucho más cercana a los padecimientos cotidianos de las personas. No se trata solo de hablar del futuro cercano (que es lo que hemos venido mencionando como consecuencias económicas hasta este párrafo); se trata también de conocer y evaluar como algunos de nuestros compatriotas se han quedado sin trabajo y como esto pone en peligro su propia sobrevivencia y la de sus familias y allegados.

Pero la existencia de una economía sólida es un requisito del desarrollo social y del cumplimiento de los derechos de las personas. Quien aboga por esos derechos no puede ignorar que estos solo se verifican en entornos en los cuales hay recursos que sustentan la institucionalidad que permite que los derechos se cumplan. Pensemos por ejemplo en el crucial (más estos días) derecho a la salud, o el derecho a la educación. Una economía sana es la cara de una moneda que tiene en el otro lado el bienestar de su gente.

Claro, el quid del asunto está en cómo y para qué crecemos. Los últimos 30 años han tenido como discurso predominante que cada uno debe arreglarse con sus propios esfuerzos y que no hay espacio en la sociedad moderna para solidaridades de ningún tipo. Eso no va a cambiar automáticamente, pero sin duda se ha puesto en cuestión; incluso acciones del Estado como el bono otorgado a familias sin ingresos y la liberación de fondos de las CTS y las AFP son señales de que ha entrado en crisis una manera de concebir como funciona una sociedad y cual es el rol de sus instituciones de gobierno.

Sin embargo, estos fines generales se ven limitados por instrumentos de gobierno que le ponen parámetros al Ejecutivo sobre cómo definir sus políticas sociales; en concreto, la “Estrategia Nacional de Desarrollo e Inclusión Social” y la “Estrategia de Salida Permanente de la Pobreza” todavía vigentes, se apoyan en identificar un sector delimitado de la población como sus usuarios, la llamada focalización. Esto presenta gruesos errores en un país como el nuestro, con personas aún en pobreza, pero sobre todo con cerca del 50% de nuestra población en vulnerabilidad, esto es, personas que no son pobres porque su nivel de gasto los ubica apenas por encima de la línea de la pobreza, pero dependen de trabajos precarios o informales. Focalizar en el Perú implica un elevado costo, con la aplicación de metodologías no consensuales entre los expertos y grandes márgenes de error. Y lo peor, terminan excluyendo a muchas personas que requieren atención, pero quedan fuera debido al algoritmo que se emplea, que toma unas variables en cuenta y deja otras de lado.

En este contexto nos parece que es preciso poner en el debate público los conceptos básicos que guían el diseño e implementación de las Políticas Sociales en nuestro país. Con este fin debería revisarse la propuesta de Política Nacional de Desarrollo e Inclusión Social al 2030 – (Perú Incluye fue su nombre tentativo), formulada durante el año 2018 y comienzos del 2019 en el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social, y cuyo contenido fue consultado y validado por líderes de opinión, organizaciones sociales, empresarios, académicos, organizaciones de mujeres, grupos LGTBIQ+, pueblos originarios y afroperuanos, y la cooperación internacional, entre otros; asimismo, la Mesa de Concertación para la Lucha Contra la Pobreza colaboró en extender la consulta a diversos actores regionales. Perú Incluye tiene como fin transitar de un enfoque centrado en la lucha contra la pobreza monetaria hacia políticas de bienestar de toda la población.

Es importante reconocer que entre 2004 y 2012 el Perú redujo la pobreza en casi 33 puntos porcentuales, pero entre 2013 y 2018 la reducción fue solo de aproximadamente 5 puntos. Esto significa, desde nuestra lectura, que las viejas recetas ya no están teniendo efecto para reducir la pobreza. 

En ese sentido, Perú Incluye proponía cuatro grandes objetivos. Primero: construir un Sistema de Protección Social que garantice el derecho a un nivel básico de bienestar económico y social de la población a lo largo del ciclo de vida, y aquí figuraban claramente temas como salud, educación, pensiones. Segundo: impulsar el Desarrollo de Capacidades Humanas, asegurando el acceso de toda la población a servicios y productos de calidad proporcionados por los distintos sectores y niveles de gobierno del Estado. Tercero: promover la Generación de Ingresos Autónomos, brindando oportunidades y creando capacidades para acceder al mercado laboral y al desarrollo productivo. Y, cuarto: establecer una Gobernanza Territorial con participación, garantizando la adopción de decisiones inclusivas, participativas y representativas sobre el desarrollo social en todos los niveles del Estado. Esta propuesta debería complementarse con un Marco Social Multianual que permita fijarnos metas escalonadas como país respecto a estos objetivos.

Las lecciones de nuestros países vecinos parecen ir en esta línea: no podemos hablar de desarrollo sin tomar a todos y todas en cuenta; no hay solución a los problemas de un país sin incluir a toda su gente. La actual emergencia nos reitera: hay que poner los bueyes delante de la carreta: primero hay que universalizar los servicios básicos (salud, educación, seguridad, pensiones) y asegurarles estándares de calidad, y solo en un segundo plano de importancia identificar instrumentos de política focalizadas para quienes no puedan beneficiarse de las políticas generales. De cara al Bicentenario la promesa de la vida peruana sigue vigente, pero implica no dejar a nadie de lado. 

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